Reflexiones del vivir

No fueron los romanos quienes levantaron la cruz ni quienes mataron a Jesús. Fue algo mucho más profundo y más vigente: el miedo a perder el control, el ego que se resiste a transformarse, las estructuras que prefieren silenciar antes que cambiar, y el deseo constante de dominar a los demás. Eso es lo que sigue actuando hoy.
Por eso la pregunta no es histórica, es presente: ¿cuántas veces más tiene que morir Jesucristo en la cruz por nuestros pecados? ¿Cuántas veces más vamos a repetir la misma violencia, la misma inconsciencia, disfrazada de fe?
Hablamos de perdón, pero seguimos viviendo igual. Nos llamamos creyentes, pero evitamos la transformación real. Y mientras no haya un cambio profundo en la conciencia, no puede existir una civilización verdaderamente avanzada, solo una más sofisticada en sus contradicciones, en sus guerras y en su hipocresía.
La repetición de la crucifixión como acto ritual, desprovista de conciencia, revela no la esencia del mensaje de Jesucristo, sino la persistencia del ego y la ignorancia. Es un espejo de la pobreza espiritual: una humanidad que observa el símbolo, pero evita la transformación que este exige.
Hay guerras, hay manipulación, hay odio, y hay dinero, y poder escondido detrás del nombre de Dios. Hay políticos que usan la fe como arma, y personas que, por miedo, siguen rituales que no nacen del amor. Eso no es el mensaje de Jesucristo; es su distorsión. Es una espiritualidad vacía que sirve al control, no a la conciencia.
Jesucristo encarnó una revolución silenciosa pero radical: la de la conciencia frente al miedo, la del amor frente al dominio. Su existencia fue una afirmación de que la vida no es un campo de destrucción, sino un espacio de creación compartida, donde el ser humano está llamado no a imponerse sobre otros, sino a trascender junto a ellos.
Nakuk Pech

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